Categories
Blog

Diletantes y Profesionales

Una Distinción Necesaria, No Excluyente

Tener claridad en los términos es esencial para saber dónde estamos parados. Cada gremio profesional (ya sean médicos, abogados, músicos, mecánicos, zapateros, sacerdotes, pastores), comparte un lenguaje, unas técnicas y una forma particular de ejercer su oficio. Se reconocen entre sí y son reconocidos por la sociedad como profesionales. Los mejores de cada uno esos gremios comparten conocimientos, se apoyan y promueven la difusión de su profesión.

Ahora bien, también existen personas con una valiosa cultura general, que disfrutan y se interesan por muchas disciplinas sin hacer de ellas su profesión. A quienes cultivan ese interés por gusto y no por oficio se les llama, con respeto: diletantes. Este término, aunque a veces se malinterpreta, no es ofensivo. Designa a quien se deleita con un arte o una ciencia sin dedicarse a ella de manera profesional.

Por ejemplo, desde muy joven he disfrutado profundamente de la obra de Carl Sagan. He leído sus libros, visto su serie, escuchado sus entrevistas… pero jamás diría que soy astrónomo o divulgador científico. Ni ante el público general, ni mucho menos ante los astrónomos. Sería absurdo. Soy, con gusto y gratitud, un diletante en astronomía y a veces en divulgación.

Veamos qué dice el diccionario:

Diletante: persona que cultiva un arte o una ciencia como afición y no como profesión. A veces se usa con cierto matiz peyorativo, pero no tiene por qué ser así.

Este concepto merece atención en el campo de la música. Un músico profesional no lo es por exclusión ni por arrogancia, sino porque ha dedicado años de estudio, práctica y reflexión al arte musical. Reconocer esto no es clasismo: es simplemente reconocer la diferencia entre practicar algo como oficio o como pasión personal.

En el mundo de la música, donde lo subjetivo y lo emocional tienen un valor tan profundo, a veces puede resultar difícil distinguir entre el entusiasmo genuino y la competencia profesional. Esto hace que nuestro gremio sea especialmente vulnerable al fenómeno del intrusismo laboral: situaciones en las que personas, con, o sin formación formal, terminan ocupando espacios que están pensados para quienes ejercen la música como profesión.

En algunos casos, incluso, estas personas participan gratuitamente en contextos que exigen un nivel profesional, lo que lleva, sin mala intención quizá, a una desvalorización del oficio. Esto afecta negativamente a quienes sí viven de su arte, pues educa mal a los organizadores y contratantes, quienes después se resisten a pagar lo justo o terminan ofreciendo remuneraciones muy por debajo de las tarifas acordes al nivel profesional.

Sería mucho más honesto, y respetuoso con todos, que quienes se presentan en estos espacios como músicos aficionados o diletantes lo manifestaran claramente. Si lo hacen de manera voluntaria, por amor al arte y sin interés económico, eso es valioso y digno de reconocimiento. Pero no deberían, en ningún caso, tratar de confundirse con músicos profesionales. Eso no solo puede desorientar al público o al organizador, sino que también los aleja de una relación auténtica con su propio quehacer musical.

Toda persona tiene derecho a disfrutar, compartir y promover la música. Pero ejercerla como profesión implica otra responsabilidad. No es cuestión de excluir, sino de ser honestos. Yo, como saxofonista, tengo una formación técnica y teórica sólida. Sin embargo, no soy lutier. Puedo hacer pequeños ajustes a mi instrumento, pero no se me ocurriría presentarme como reparador profesional de saxofones. En ese campo, soy un diletante, y así lo reconozco.

He conocido personas que, aun siendo amateurs, muestran gran respeto por el arte musical y por quienes lo ejercen profesionalmente. Valoran su lugar y enriquecen la vida cultural con entusiasmo y admiración. Pero también he cruzado caminos con personas que se presentan como profesionales sin tener conocimientos básicos: no saben que la tercera es la nota que da el modo a un acorde triada, desconocen las funciones armónicas o confunden intervalos armónicos con progresiones armónicas… y aun así trabajan como músicos y cobran por ello. Aclaro que ser músico profesional no implica necesariamente haber pasado por una formación académica formal; todo depende del contexto y del camino que cada persona haya recorrido.

No se trata de desacreditar a nadie, sino de poner sobre la mesa una verdad que salta a la vista: disfrutar una disciplina no equivale a dominarla. Y ocupar un espacio profesional sin preparación no es una muestra de pasión, sino una forma de deshonestidad que afecta a todos.

La música necesita de todos: diletantes, estudiantes, profesionales, melómanos y público. Pero cada quien desde el lugar que le corresponde. Reconocerlo no divide; al contrario, dignifica. Nos permite colaborar, aprender y disfrutar con autenticidad.


En esta escena se aprecia la diferencia entre un diletante y un músico auténtico.

Un músico profesional debería comprender y comunicar estas diferencias con respeto, sin excluir a nadie ni adoptar actitudes arrogantes, clasistas o despectivas. En el ámbito musical, el fenómeno del intrusismo laboral tiende a presentarse con más frecuencia que en otros campos como la ciencia, quizás por la naturaleza abierta y expresiva de la música.

Sin embargo, es importante reconocer que los diletantes, personas que aman y apoyan la música sin ejercerla profesionalmente, cumplen un papel valioso. A menudo son entusiastas, grandes oyentes, generosos mecenas e incluso impulsores de proyectos artísticos. Su presencia es tan necesaria en el ecosistema musical como lo son los pacientes en el ejercicio de la medicina: sin ellos, la profesión perdería su sentido.

By Hans

Saxofonista
Maestro en Música como Arte Interdisciplinario