El Águila y los Pollos del Corral

Había una vez un huevo que cayó de un nido en lo alto de una montaña. El viento lo arrastró cuesta abajo hasta un valle fértil, donde fue hallado por una gallina que, sin hacer preguntas, lo incubó con ternura junto a sus propios huevos.

Con el tiempo, el huevo se rompió, y de él emergió un polluelo distinto. Sus patas eran más firmes, su pico más curvado, y su mirada… su mirada era otra cosa: profunda, lejana, como si ya conociera el horizonte.

Lo llamaron “Pollito”, y vivió como uno más. Aprendió a picotear el suelo, a correr en círculos, a temer a las alturas y contentarse con los límites del corral. Pero cada vez que levantaba la vista y veía a las aves volar alto, sentía un tirón en el pecho, como una nota que aún no había sido cantada.

Un día, tras una fuerte tormenta, el corral quedó abierto. El joven águila —porque eso era, aunque aún no lo sabía— vio una roca alta no muy lejos. Trepó. Dudó. Pero algo dentro de él gritaba: vuela.

Saltó.

Y voló.

Primero torpe, luego con gracia, y pronto con majestad. Desde arriba, el mundo era otro. El cielo no era el límite; era el camino. Y entonces lo comprendió: él no era un pollo extraño, era un águila viviendo donde no podía desplegar sus alas.

Volvió una última vez al corral. No con desprecio, no con soberbia. Miró a los gallos, las gallinas, los pollitos que aún picoteaban la tierra. Ellos lo miraban con mezcla de asombro y desconcierto.

Él sólo dijo:

—“No todos nacemos para volar alto… pero todos podemos vivir en paz, si entendemos quiénes somos.”

Y con eso, el águila alzó el vuelo hacia las montañas, no por rechazo, sino por destino. Desde entonces, cuando alguna ave del corral mira al cielo y ve su silueta, siente que tal vez, sólo tal vez, también hay alas ocultas en su interior.


Moraleja:

Ser diferente no es ser superior. Reconocer tu naturaleza y respetar la de otros, ese es el verdadero vuelo.