Decía que era amor.
Con la voz temblorosa de los farsantes, aseguraba que lo movía el corazón, que cada mirada robada, cada mensaje insistente, cada paso detrás de quien ya huía, era una prueba de su entrega. Que lo suyo no era acoso, sino devoción. Que perseguía porque sentía. Que invadía porque amaba.
Mentira.
Lo suyo no era amor, era control.
No pasión, sino podredumbre.
No dolor compartido, sino sufrimiento impuesto.
Jugaba al mártir. Lloraba por dentro —decía— cada vez que lo rechazaban. Se envolvía en la bandera sucia del “yo sólo quería amar”, mientras arrastraba por el lodo la voluntad, la paz y la libertad de quien tuviera la desgracia de cruzarse en su camino. Era un predador emocional disfrazado de víctima, con la lengua untada de afecto falso y los ojos cargados de cálculo.
Destruía lo que decía querer.
Reducía a cenizas cada rincón de autoestima que encontraba.
Y aún así, cuando todo ardía, señalaba con el dedo ajeno.
“¿Por qué me odian?”, preguntaba con falsa inocencia, como si sus actos no fueran el eco rancio de una voluntad podrida. Se creía el incomprendido, el romántico en tiempos hostiles. Pero no era más que un tirano emocional, un parásito de sentimientos, incapaz de aceptar lo esencial: que el amor no esclaviza, no persigue, no exige lo que no se ofrece.
No le dolía el rechazo. Le dolía no poder poseer.
Vivía convencido de que el mundo debía ceder ante su insistencia, cuando en verdad lo único que merecía era silencio, distancia, y la puerta cerrada en cada rostro que intentaba colonizar con sus gestos desquiciados y su alma marchita.
El amor no lo impulsa. Lo impulsa la necesidad de control, la inseguridad en forma de capricho, la ausencia de límites vestida de intensidad. No ama a nadie, porque quien no se respeta a sí mismo no puede amar; solo devora. Es un ser miserable, corroído por una maldad que se niega a admitir, y que disfraza con palabras que hace tiempo perdieron su significado.
Quien llama “amor” a su violencia, no ama: parasita.
Y quien se hace la víctima mientras destruye a los demás, no está herido: está podrido.