El Halcón y los Cuervos

En una región de cielos amplios y vientos sabios, vivía un Halcón de mirada profunda. No era joven, pero su vuelo era firme y su visión, vasta. Durante años, enseñó a las aves más jóvenes del valle: les mostró cómo alzar el vuelo sin miedo, cómo leer las corrientes del aire, y hasta cómo hallar alimento en terrenos donde otros solo veían piedras.

Muchos aprendieron a volar con él. Algunos llegaron lejos, más lejos de lo que el Halcón mismo había imaginado. Él los impulsó, los presentó ante las grandes águilas del norte, incluso dejó algunas de sus propias rutas y presas para que ellos las tomaran.

Un día, el Halcón partió. Voló hacia tierras lejanas, donde los vientos eran distintos y los cielos, más silenciosos. Estuvo ausente por muchas lunas.

Décadas más tarde, regresó. Sus alas estaban más gastadas, pero su mirada seguía clara. Volvió no por gloria, ni por reclamos, sino por simple anhelo: ver cómo habían florecido las semillas que ayudó a sembrar.

Pero al llegar, notó algo extraño.

Las aves que una vez volaron a su lado bajaban la mirada. Evitaban cruzarse con él. Algunas fingían no reconocerlo; otras murmuraban desde lejos, como si su presencia les recordara algo que preferían olvidar. No hubo bienvenida, ni gratitud. Solo un silencio tibio y una distancia incómoda.

El Halcón no se quejó. Solo se posó una última vez sobre la roca donde solía enseñar, miró el horizonte, y dijo:

—“No hay deber más digno que enseñar a volar… pero no todo el que vuela recuerda quién le mostró el cielo.”

Y con eso, volvió a abrir sus alas, más despacio esta vez, y se marchó en dirección contraria al viento. Nadie lo despidió. Pero el cielo, ese sí, lo reconoció al instante.


Moraleja:

El verdadero maestro no espera agradecimiento. Pero el discípulo que olvida su origen, pierde parte de su altura, aunque aún vuele alto.