En la Ética a Nicómaco Aristóteles dice que el fin de la medicina es la salud; el de la estrategia, la victoria; el de la economía, la riqueza. ¿Cuál sería, entonces, el fin propio de la música?
Aristóteles, en su pensamiento teleológico, afirma que todo arte y toda acción tienden a un fin (τέλος). Si aplicamos ese criterio a la música, debemos preguntarnos: ¿a qué fin natural se ordena la música?
En La Política, el estagirita da pistas. Dice que la música tiene varios usos: puede usarse para la educación, para el descanso, para el entretenimiento y, sobre todo, para la catarsis. Es decir, para purificar las emociones y ordenar el alma.
Por tanto, el fin propio de la música, según Aristóteles, no sería simplemente el placer, aunque este lo acompaña, sino la formación del carácter, la armonización del alma, y la catarsis emocional.
Esto eleva la música de simple técnica a arte ético y pedagógico. El músico, en esta visión, no sólo produce sonidos, sino que educa, conmueve y eleva.
En la Ética a Nicómaco, Aristóteles distingue entre actividades subordinadas (que se hacen en función de otra cosa) y principales (que se hacen por sí mismas, porque son valiosas en sí mismas).
Por ejemplo: construimos barcos para navegar, navegamos para comerciar, comerciamos para obtener riqueza… pero vivimos bien no para otra cosa: eso es un fin principal.
Entonces, ¿dónde se sitúa la música?
Aristóteles dice que la felicidad (eudaimonía) es la actividad del alma conforme a la virtud, y que las actividades que se practican por sí mismas, como la contemplación filosófica o ciertas formas de arte, participan de la vida buena.
Por tanto, la música puede ser una actividad principal cuando se disfruta por sí misma y cultiva el alma, no solo cuando se usa con fines externos como el entretenimiento, el trabajo o el placer pasajero.
No toda música es principal; pero la música filosófica, formativa o contemplativa, sí puede serlo, porque contribuye a la eudaimonía.