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La biblioteca secreta de Hitler. El mito de que leer nos hace más humanos.

En cuanto a la música considero que también debería ser escuchada con sentido crítico y no al azar. Platón en La República advierte que hay que vigilar la música que el pueblo escucha, en mi opinión tiene razón, ya que la música activa emociones que pueden conducir a situaciones sociales y políticas muy complejas.

 El «amor por libros» sin sentido crítico, es puro fetichismo. O peor, una manera de fijar nuestros prejuicios.

JAVIER JIMÉNEZ

Es cierto que leer y pensar son dos cosas muy diferentes. He conocido personas que no saben leer, campesinos o niños pequeños por ejemplo, y su sentido común es impresionante. También he conocido personas que de tanto leer terminan perdiendo el sentido de la realidad, como Hitler o como muchos fanáticos de cualquier religión. Miguel de Cervantes supo retratar este tipo de locura en Don Quijote de la Mancha, personaje imaginario del que Cervantes (no yo) cuenta que «Del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio». Por otro lado también he conocido lectores que son un pozo de sabiduría gracias a la digestión que hacen de sus lecturas. También soy consciente de que no leer, o leer sin sentido crítico, puede ser negativo. Al final como en todas las cosas los extremos son peligrosos.

En cuanto a la música considero que también debería ser escuchada con sentido crítico y no al azar. Platón en La República advierte que hay que vigilar la música que el pueblo escucha. En mi opinión tiene razón, ya que la música activa emociones que pueden conducir a situaciones morales, sociales y políticas muy complejas. El optimismo, la nostalgia, la violencia, los nacionalismos o cualquier tipo de chovinismo, pueden ser inducidos a nivel de masas a través de la música, los dueños del poder lo saben y lo utilizan descaradamente.

Hoy estaba haciendo mi rutina de lectura y leí casualmente algo que me pareció interesante: El «amor por libros» sin sentido crítico, es puro fetichismo. O peor, una manera de fijar nuestros prejuicios. Así que decidí compartir esa lectura. Quiero dejar muy claro que lo que leerán a continuación fue tomado íntegramente de magnet.xataka.com/. Si tienen algún comentario al respecto pido por favor que lo hagan directamente en la publicación original de Javier Jimenez. Sin más rodeos aquí está lo que leí:

¿Sabéis quien tenía una biblioteca de más de 16.000 volúmenes llena de obras de Shakespeare, ejemplares ilustrados de Don Quijote, Robinson Crusoe y los Viajes de Gulliver o «primeras ediciones de obras de filósofos, historiadores, poetas, dramaturgos y novelistas»? Exacto, Hitler.

Y es que la relación de Adolf Hitler con los libros era de todo menos sencilla. Quemaba libros casi a la misma velocidad que los coleccionaba. ¿Se trata de un ejemplo excelente de que «leer» por sí solo no es bueno ni malo o es una simple excepción al proverbial poder redentor de los libros?

Esa compleja relación entre Hitler y los libros se puede ver en su propia biblioteca. Le encantaban los relatos de exploradores ( sobre todo los de Sven Hedin) y las novelas del Oeste (especialmente las de Karl May). Era un enamorado de Shakespeare, pero no había ni rastro de Goethe, Schiller, Dante o Schopenhauer. Y, por supuesto, tenía una colección enorme de textos antisemitas.

Sabemos que de joven era un lector compulsivo y que, mientras malvivía en Viena, gastaba todo lo que tenía en libros y más libros. «Los libros eran su mundo«, escribió August Kubizek, un amigo de juventud y, por lo que sabemos, fue una pasión que nunca se extinguió del todo.

Sin embargo, tenía una forma peculiar de leer. En el Mein Kampf explicó que «leer no es un fin en sí mismo, sino un medio para un fin«. El método nazi de leer consistía fundamentalmente en buscar argumentos a posiciones ya previamente tomadas. En otro pasaje Hitler hablaba de «mosaico» que había que completar con las lecturas que se fueran haciendo.

¿Leer nos hace mejores personas?

Ahí parece estar la clave. En ‘El Instinto del Arte‘, Dennis Dutton explicaba que el arte (y la literatura) tenía tres grandes ventajas adaptativas: las historias ofrecen un sucedáneo de experiencia barato y exento de riesgos; pueden tener gran valor como fuentes didácticas de información fáctica; nos animan a explorar los puntos de vista, creencias, motivaciones y valores de otras mentes humanas y nos inculcan capacidades interpersonales y sociales potencialmente adaptativas.

La investigación posterior ha confirmado buena parte de estas ideas y, a priori, nos permite ser optimistas en cuanto a la idea de que la lectura (y, sobre todo, la ficción) nos ayude a ser más empáticos, a entender mejor a los demás y a formar nuestra visión de la sociedad.

Sin embargo, el hecho de que la literatura pueda contribuir a la formación prosocial del humano, no significa que no pueda contribuir también a la formación antisocial. No es habitual, pero nada impide que esos «puntos de vista, creencias, motivaciones y valores» que nos enseña la literatura sean erróneos, sesgados o peligrosos.

No podemos saberlo, pero es muy posible que toda la literatura antisemita que devoró Hitler le ayudara a tener una idea muy precisa (y tremendamente inexacta) de cómo pensaban los judíos. Como decía Gabriel Celaya, los libros pueden ser «armas cargadas de futuro». El qué hacemos con ellas es una cuestión artística, sí; pero también social, moral y política.

En realidad, no es un debate sobre la censura, ni puede derivar en ello. De hecho, nosotros siempre hemos defendido una concepción fuerte de la libertad de expresión. Se trata más bien de caer en la cuenta de que el «amor por libros» sin sentido crítico, es puro fetichismo. O peor, una manera de fijar nuestros prejuicios.

Autor: JAVIER JIMÉNEZ

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Por Hans

Saxofonista
Maestro en Música como Arte Interdisciplinario