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El problema de negar a los maestros


Aquí, en confinamiento, aprovecho el tiempo para seguir pensando en los gigantes. Una de las escenas que más me ha marcado a lo largo de los años es ver cómo los maestros reconocen a quienes les enseñaron y continúan tocando junto a ellos, tejiendo esa poderosa cadena humana, artística e histórica que llamamos tradición.

Las grandes tradiciones musicales no surgen de la nada. Ningún lenguaje artístico serio aparece por generación espontánea. Detrás de cada músico que deja huella suele existir una larga cadena de influencias, maestros, colegas, libros, ensayos, conversaciones, grabaciones y experiencias sociales. El conocimiento es una construcción colectiva.

Charlie Parker no apareció de repente convertido en “Bird”. Antes escuchó obsesivamente a Lester Young y a Coleman Hawkins, incluso tocó con él. Estudió la tradición para transformarla. Después ocurrió algo similar con Miles Davis, quien siendo joven tocó junto a Parker y terminó convirtiéndose en puente para nuevas generaciones.

Más tarde, músicos como Herbie Hancock crecieron dentro del universo musical de Miles. No llegaron allí para negar a sus mayores, sino para aprender desde adentro cómo respiraba una tradición viva. Y luego construyeron su propia voz.

Algo semejante ocurrió con Wynton Marsalis y Art Blakey. Los Jazz Messengers fueron casi una escuela oral del jazz moderno. Allí los jóvenes aprendían en el escenario, escuchando, equivocándose y corrigiendo junto a músicos experimentados.

Incluso Wolfgang Amadeus Mozart, convertido hoy en símbolo de genialidad, tuvo detrás a Leopold Mozart, un maestro exigente que no solo enseñaba técnica: enseñaba criterio, disciplina y pensamiento musical.

Por eso suele llamar la atención cuando alguien pretende ocupar un lugar dentro de un gremio negando a quienes le enseñaron, evitando acercarse a los músicos experimentados o actuando como si hubiese surgido aislado de toda tradición. En realidad, pocas cosas revelan tanta fragilidad como la incapacidad de reconocer de dónde viene el propio conocimiento.

Subirse a hombros de gigantes no empequeñece al músico. Por el contrario: le permite ver más lejos. Y quien rompe el puente con sus maestros muchas veces termina desconectado no solo de ellos, sino también de la profundidad histórica que da sentido y legitimidad a su propia obra.

Y tú: ¿tocas con tus maestros o los invitas a tocar contigo?

By Hans

Saxofonista
Maestro en Música como Arte Interdisciplinario