Lo que decimos sin pensar: zona de confort, soltar, sanar…
Hace 10 años por esta misma época empecé a diseñar esta página web, su publicación fue posterior, y el blog aparecería tiempo después. Empecé a estar más metido en la red.
En esos primeros años encontré con mucha frecuencia una invitación, casi una orden, que me pedía “salir de la zona de confort”, ese famoso eslogan estrella del desarrollo personal, especialmente entre 2015 y 2020. Aparecía en charlas motivacionales, en videos de emprendimiento, en discursos de superación, en muros de redes sociales, y lo más relevanre: en conversaciones con amigos que venían como turistas a Barcelona, orgullosos porque en sus propias palabras: “habían decidido salir de su zona de confort”. La idea no era mala: moverse del lugar cómodo, atreverse a crecer. El problema fue el abuso. Se volvió un mandato incuestionable, incluso irresponsable. Se usaba para justificar decisiones impulsivas, para empujar a otros sin medir consecuencias. Como si todo lo valioso tuviera que doler. A mi nunca me gustó ese eslogan, pues yo nunca he considerado la comodidad -en inglés confort– como algo negativo, de hecho busco constantemente la comodidad (y creo que no soy el único). Yo quería, y quiero, cuidar mi zona de comodidad, no huir de ella. Así, lo que comenzó como una invitación al cambio terminó desgastado por la repetición automática.
Después vino “soltar”. Otra palabra poderosa que también terminó vaciada por el uso superficial. Empezó a ganar presencia en redes entre 2020 y 2022, hasta instalarse como mantra de autoayuda: “Suelta”, “deja ir”, “fluye”. Pero pocas veces se explicaba qué se estaba soltando, cómo se soltaba, o por qué. No se trata de evadir ni de rendirse. Soltar no es olvidarse de lo que pasó, ni hacer de cuenta que no duele. Es, más bien, dejar de desgastarse donde ya no hay posibilidad. Dejar de forzar algo que no avanza. Aceptar que no todo se puede cambiar. En lugar de repetir la palabra como consigna, quizá convendría hablar con más claridad: dejar ir una relación que no construye, abandonar expectativas irreales, soltar la necesidad de controlar lo que no está bajo tu alcance. Más que una consigna, es una práctica interior concreta.
Y ahora le llegó el turno a “sanar”. Es la palabra de moda desde aproximadamente 2023. Está en todos lados: “Estoy sanando”, “eso no está sanado”, “necesitas sanar”. Pero, otra vez, sin contexto ni acción. Como si sanar fuera un estado automático que se activa diciendo la palabra. Sanar no es repetir frases lindas. Es un proceso, y a veces crudo. Implica enfrentar lo que duele, ajustar hábitos, aceptar pérdidas, pedir perdón o poner límites. No es brillo emocional, es cirugía interna. Por eso, usar “sanar” como adorno puede terminar ocultando lo que en verdad requiere trabajo real y tiempo.
Estamos trivializando expresiones importantes solo porque se ponen de moda. Muchas veces se repiten sin detenerse a pensar si es positivo o no seguir ciegamente la frase de turno. Terminan convirtiéndose en memes. Fáciles de compartir, pero vacíos de acción.
Me niego a seguir eslóganes. No estoy dispuesto a adoptar fórmulas diseñadas para la publicidad, la propaganda o la manipulación emocional. Los seres humanos somos capaces de pensar con más profundidad y evitar caer en esas ingenuidades. No somos bestias que siguen la zanahoria solo porque está delante. Podemos detenernos, cuestionar y elegir con criterio.
Hay palabras que empiezan con fuerza porque tocan algo profundo. Pero si se repiten sin reflexión, pierden su filo. “Zona de confort”, “soltar”, “sanar”… todas tienen valor, pero solo si se usan con conciencia, todo en el ámbito privado, nunca en el público.
Sería absurdo que todos abandonaran su estabilidad, empezaran a soltar sin criterio o intentaran sanar heridas imaginarias, solo porque las redes lo sugieren.
2 replies on “Cuando el lenguaje nos engaña: los límites de decir y entender”
Wow pues si hay q tener criterio con todo y saber q seguir y q no sabes? Oye pero porque sería absurdo sanar heridas q no se ven?
Gracias por tu comentario, me gusta mucho que es breve y directo. Me parece muy importante tu pregunta. Intentaré ser breve también:
Las heridas imaginarias y las heridas que no se ven son dos cosas diferentes, yo hablo de las imaginarias. No toda herida es visible, y muchas son reales: la pérdida de un ser querido, el fracaso en un proyecto importante, una traición inesperada. Pero distinto es inventar heridas donde no las hay, heridas imaginarias: sufrir por una fantasía amorosa que nunca ocurrió, o sentirse víctima por no recibir la validación constante del entorno. Una cosa es el dolor auténtico; otra, el malestar fabricado por la imaginación o por la presión de encajar en el discurso emocional de moda.
No cuestiono el valor de salir de la zona de confort, soltar o sanar. Cuestiono que se haga por imitación, sin necesidad real, solo porque es tendencia en redes.