Durante mucho tiempo se ha reducido el significado de las palabras concurso y competencia a una idea simple: ganar. Ser el primero. Obtener un trofeo. Esa lectura, útil en el deporte, suele trasladarse sin mayor reflexión al ámbito musical, como si la música funcionara bajo las mismas reglas.
En los certámenes musicales vale la pena detenerse un momento y mirar estas palabras con más calma.
Concurso proviene del latín concursus: correr juntos, coincidir, confluir. No habla de enfrentamiento, sino de encuentro. De personas que se reúnen alrededor de algo común. En música, esa raíz sugiere una experiencia colectiva, un espacio compartido, una causa que nos convoca.
Competencia, a su vez, viene de competere: buscar juntos, aspirar a lo mismo, corresponder. Antes que vencer, la palabra señala idoneidad, capacidad, disposición. Ser competente no es “ser mejor” que otro, sino estar a la altura de lo que la música pide en ese momento.
Visto así, un certamen musical podría ser menos una carrera por llegar primero y más un espacio donde se escucha y se aprende. El objetivo deja de ser “ganarle” al otro y pasa a ser la comprensión y, por qué no, el disfrute de la música misma, la propia y la de los demás.
El concurso pierde sustancia cuando se reduce al trofeo y la competencia pierde su significado cuando sirve como podio para la vanidad. Cuando se recupera su significado original el concurso puede transformarse en una experiencia formativa, ética y estética. Esto mueve a que los primeros interesados en escuchar a los otros músicos sean sus colegas, no el jurado.
Pero vale la pena preguntarse: ¿nos quedamos realmente a escuchar, con atención y respeto, a quienes suben al escenario? ¿O permanecemos centrados únicamente en nuestra intervención, enfocando toda la atención en nosotros mismos e ignorando la valiosa oportunidad de conocer músicos de otras edades, ciudades y escuelas?
Ser competente en música
Con el tiempo comprendí que ser competente en música no tiene que ver únicamente con tocar sin errores. Tiene que ver con comprender la obra que se interpreta, no solo con “ejecutar” una serie de acciones correctas.
Ser competente en música es saber qué estructura sostiene la obra, cómo respira, hacia dónde va. Es reconocer el motivo musical: dónde nace, cómo se desarrolla, cómo se transforma. Entre otras cosas.
El músico competente es consciente de lo que toca: sabe qué siente y cómo lo siente mientras interpreta. Para él, la música tiene sentido. No está simplemente repitiendo, de manera robótica, una serie de digitaciones y ritmos; está expresando una experiencia viva a través del sonido.
Cuando la música se vuelve puramente mecánica, el sonido existe, pero la música no está presente. Cuando hay música, hay comprensión, la memoria muscular y la precisión técnica se convierten en la llave que abre la puerta a la escucha para poder acceder a momentos de atención plena que permiten sentir lo que se escucha. Es decir: momentos de contemplación estética.
Ser competente, entonces, no es tocar más rápido ni más fuerte. Es sentir lo que se toca. Es responder a la obra, al contexto y lograr captar la atención del oyente. Ganar una competencia es adquirir las habilidades que permiten hacer bien algo. Y la habilidad para hacer bien algo es conocida desde tiempos antiguos como arte


Un recuerdo
Cuando era niño y durante la primera parte de mi juventud participé con frecuencia en concursos musicales. Fui, para mi alegría, ganador en varias ocasiones. Fui “el primero”, “el mejor”. Recuerdo saltar, gritar y llorar de emoción junto a mis compañeros y compañeras. Son recuerdos luminosos. Pero junto a ellos conviven otros.
Recuerdo a los integrantes de las demás bandas, mis colegas, marchándose en silencio, cabizbajos, después de haber concursado, desfilado o tocado en la verbena. Algunos lloraban. Con el tiempo empecé a notar que, casi siempre, las bandas que ganaban eran las mismas.
Eso me llevó, poco a poco, a mirar más allá del podio. A pensar en quienes nunca ganaban. En quienes se preparaban con la misma ilusión, dedicaban el mismo esfuerzo, pero regresaban una y otra vez sin reconocimiento. Me hice consciente de algo simple y contundente: por cada ganador había decenas, a veces cientos, que no lo eran. Es posible que muchos hayan abandonado la música por la frustración que sentían al no poder “ganar”.
Entonces apareció una pregunta: ¿para qué hago música? Fue una inquietud que me hacía reflexionar, y aún. Empecé a intuir que la música, en su esencia, no se hace para excluir, sino para reunir; para compartir, no para competir. Para crear un nosotros donde cada uno es igual de importante.
El concurso tiene virtudes, sin duda. Pero cuando adopta sin reservas la lógica del evento deportivo y olvida la razón profunda de la música, algo se desajusta. No siempre se nota de inmediato. A veces se manifiesta con el tiempo, en la relación que cada uno construye con su propio hacer musical.
Desde entonces, cada vez que pienso en concursos, vuelvo a esa pregunta inicial. No para responderla, sino para escucharla. Porque tal vez el verdadero desafío no sea ganar un certamen, sino no perder de vista la razón que nos mueve a hacer música. ¿Para que nos vean?: no. La música es para escuchar, no para mirar, como la pintura o la arquitectura.
Entonces ¿Cuál es el fin de la música?