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Teatrocracia

Teatrocracia (del griego theatron, teatro, y kratos, poder) es un término utilizado por Platón para criticar una sociedad en la que el gusto del público se convierte en la autoridad suprema.

En Las Leyes, Platón sostiene que en la Atenas de su tiempo se había producido una degradación de la música y de las artes. Antes existían criterios, normas y maestros que orientaban el juicio artístico. Con el tiempo, según él, el público comenzó a considerarse competente para decidir qué era bueno o malo simplemente porque le agradaba o le desagradaba.

La teatrocracia es como una escuela donde el premio al mejor profesor ya no se lo lleva el que más sabe, sino el que hace más chistes y payasadas para caer bien. O peor, el que inventa mentiras y despierta odios entre los estudiantes para que todos se peleen e insulten entre ellos mientras todos centran su atención en quien desata el caos.

Para Platón el problema no era que el público participara, sino que el gusto inmediato de la multitud se convirtiera en la única medida de valor.

Llevado al presente, la idea de teatrocracia permite preguntarse:

¿Debe la calidad de una obra medirse por la cantidad de espectadores?

¿Una música es mejor porque vende más?

¿Las redes sociales son una nueva forma de teatrocracia cuando los algoritmos premian lo más visible antes que lo más valioso?

Desde la perspectiva de la mousiké, la teatrocracia representa la ruptura entre arte y formación humana. La música deja de educar el carácter, transmitir una tradición o cultivar la sensibilidad, para convertirse únicamente en un objeto de consumo.

En la reflexión final del libro La civilización del espectáculo , el escritor y premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa se pregunta:

¿por qué la cultura dentro de la que nos movemos se ha ido banalizando…?

Es posible que esa misma inquietud rondara la cabeza de Platón cuando escribió:

[…], involuntariamente y por pura necedad difundieron la mentira de que en la música no existe ninguna rectitud objetiva, y que el criterio más exacto para juzgarla es el placer de quien la disfruta, sea este un hombre virtuoso o un ignorante. Al componer tales obras e infundir estos principios en el pueblo, inspiraron a la multitud una total desvergüenza respecto a la música y la audacia de creerse jueces competentes. De este modo, los teatros, que antes eran silenciosos, se volvieron clamorosos, como si la masa supiera distinguir lo que es artísticamente bello de lo que no lo es; y, en lugar de una aristocracia, nació en la música una perversa teatrocracia (theatrokratia).

Las Leyes de Platón,
Libro III, secciones 700d – 701a

Paradójicamente, la teatrocracia no existe para el diccionario de la RAE; el mundo real, en cambio, padece su vigencia todos los días.

A falta de un registro oficial, ofrezco esta definición como una herramienta de emergencia para entender un mundo donde todo parece un espectáculo. Dice así:

Teatrocracia Del gr. θέατρον théatron ‘teatro’ y -kratía ‘-cracia’.

1.f. Sistema o fenómeno político y cultural en el que el poder y la toma de decisiones quedan supeditados a la espectacularización, la búsqueda de aprobación masiva y el aplauso inmediato.

2.f. Degeneración de la autoridad en la que el criterio de excelencia, la verdad y el conocimiento técnico se subordinan al gusto y las preferencias de la multitud.

No pretendo adelantarme al sabio criterio de los académicos, sino proponer un concepto provisional que caducará cuando los expertos lo decidan. Mientras tanto, nos sirve para abrir los ojos y los oídos; sobre todo cuando nos descubrimos aplaudiendo con el corazón acelerado una frase incendiaria o un remedo de canción en la pantalla, completamente felices en nuestra ignorancia y sin la más mínima intención de investigar si lo que acabamos de escuchar es verdad.

A lo mejor los griegos sospecharon que el problema fundamental de una sociedad no residía en los entretenimientos que disfrutaba, sino en el tipo de carácter que cultivaba. Mientras la teatrocracia tendía a producir espectadores, la mousiké aspiraba a formar ciudadanos capaces de juzgar, escuchar y comprender.

By Hans

Saxofonista
Maestro en Música como Arte Interdisciplinario