Categorías
Blog Improvisación

La improvisación. Confesiones de un timador.

«La improvisación es una expresión personal y solo tú puedes tocar como tú de la mejor manera». Jerry Bergonzi.
La frase es cierta. Pero yo también puedo tocar como yo de la peor manera. Quiero confesar…

Cuando llegué a Barcelona a estudiar jazz y música moderna conocía algunos Standards, en realidad no muchos, bueno, para ser sincero, muy pocos. No conocía clásicos como The Way You Look Tonight, Stella by Starlight, Take ten, Rose de Picardie, Si tu Vois ma Mère, etc.
Mis «improvisaciones» se basaban en música que había memorizado de libros como el Omnibook de Charlie Parker, libros de Bob Mintzer, el vol 6 de los Aebersold, o transcripciones que había hecho de Paquito, Nelson Rangel, David Sanborn, etc.
Cuando agotaba estos recursos, normalmente en menos de 32 compases, intentaba poner sobre la armonía los arpegios, escalas blues, escalas pentatónicas, grados disjuntos, conjuntos…
Cuando ya no sabía que hacer con eso «me dejaba llevar por el instinto». Cuando el instinto ya no podía con la carga, empezaba a tocar incoherencias, hacía gruñidos, sobreagudos, usaba cromatismos para ir de una nota a otra en cualquier dirección, escalas arriba y abajo a velocidades «supersónicas», pero la verdad, sin controlar lo que hacía. Afortunadamente lo que improvisaba eran sonidos, por que si hubieran sido palabras habría pasado por loco, me habrían expulsado del conservatorio, o me habrían enviado al manicomio directamente por la convicción con la que «improvisaba» y el volumen al que gritaba mis desvaríos. Que inocente, ridícula, necia y altanera es la ignorancia.

Afortunadamente tuve buenos profesores de improvisación, como Gaby Ardebol, con él conocí los conceptos de Jerry Bergonzi; Iñaki Sandoval, quien me acercó a los conceptos de Hal Crook; Llibert Fortuny, navegando por el universo del II V I, (una de las progresiones armónicas más usuales en el lenguaje del jazz); estaba David Mengual trabajando ubicación rítmica, explorando la música modal y animando a los estudiantes a encontrar su propio sonido; Paco Salas exigiendo la explicación teórica de lo que hacía (Paco revisó la traducción al español de los libros de armonía de Berklee); Jaume Uriach, profesor de historia que había conocido en persona a Louis Armstrong, Monk, Duke Ellington (y otros); estaba Horacio Fumero contrabajista de Tete Montoliu; Jordi Bonell; en fin, el profesorado de El Conservatori del Liceu de Barcelona, la institución donde recibí formación en Jazz durante 5 años. Antes tuve otros profesores en Colombia pero no de improvisación en jazz.

Mis profesores de improvisación me recomendaron libros fiables, ¡me los compré todos!, y con el ejemplo me llenaron de motivación: trabajaban en equipo, hacían conciertos, publicaban mensualmente una revista de jazz (conservo todos los ejemplares), grababan discos, en fin, eran un punto de referencia, y aún, en la escena del jazz en España.

En mi defensa diré que yo no sabía que no sabía lo que pensaba que sabía. Incluso llegué a plantearme no seguir los concejos que me daban y seguir tocando a mi manera. Me negaba a aceptar que no sabía, creía que yo era autodidacta, que lo que sabía lo había aprendido solo y que nadie tenía por que decirme como tocar. Incluso llegué a pensar «no tengo dinero para pagar esto, son miles de euros y yo vivo de lo que me gano tocando en la calle». Que mal me habría hecho de haber seguido pensando de esa manera. Mi orgullo se lesionó seriamente, menos mal, pero mis ganas de aprender y mi amor por la música fueron más poderosas que mi inmadurez. Considero que hice lo correcto al dejar a un lado mi orgullo y recibir el conocimiento que me estaban ofreciendo. Seguí tocando con todo el corazón en el conservatorio y en la calle. Aprendí que el Arte Musical es serio y profundo, imposible de llegar a dominar en una sola vida y que la ignorancia mezclada con orgullo destruye cualquier destello de arte y de artista.

Antes de irme de Colombia yo era muy buen ejecutante, leía a primera vista, sabía seguir las indicaciones de un director de banda o de orquesta. Tocaba música de cámara. había acumulado premios en concursos de prestigio a nivel nacional en Colombia. A finales del milenio podía tocar los conciertos de saxofón de Glazunov, Milhaud, Ibert, y otros. Leía sin problema cualquier estudio de Marcel Mule y leer métodos para mi era un pasatiempo. Tenía una gran reputación en mi ciudad, llegué a ser profesor de saxofón en dos universidades, aporté en el diseño de los programas de saxofón y daba clases a saxofonistas que hoy en día son grandes profesionales. Toqué conciertos en las principales salas del país, quienes me conocieron pueden confirmar lo que acabo de decir. No presumo, estoy confesando, así como cuento el lado oscuro, no debo ocultar el lado claro. Aunque lo hago con cautela pues como escribió Baltazar Gracián (1601-1658):

La autoadulación siempre deja un aroma pestilente
Gracián

Era un buen ejecutante. Pero no era un buen intérprete ya que desconocía muchas cosas acerca de las leyes del ritmo, la melodía y la armonía. Leía muy bien y tenía técnica impecable pero en realidad no comprendía la estructura interna de lo que tocaba. Hasta llegué a ser director alguna vez, si se le puede llamar ser director a manotear y leer lo que está escrito en un score.
Quería ser un improvisador, y pensaba que lo era, pero tendrían que pasar años antes de que pusiera un pie con firmeza en ese terreno.
Como compositor evidentemente no sobresalía. Aunque tengo algunas composiciones que me reservo para una próxima publicación. Hoy quiero centrarme en la improvisación.

El árbol de la música

La ejecución, la interpretación, la improvisación y la composición son ramas del mismo árbol, todas están unidas al mismo tronco y se alimentan de la misma raíz. Hay que saber en que rama estamos parados, según las circunstancias, para cumplir adecuadamente la función. Y no ser una cotorra presumiendo de bello plumaje mientras deposita sus fluidos sobre cualquier rama de ese hermoso árbol. Yo fui una cotorra, es más, me creía un pavo real (Con todo el respeto por la cotorra y el pavo real, no merecen ser rebajadas a eso). Pero en realidad, cuando me posaba en la rama de la improvisación era un timador.

La improvisación, igual que la retórica, se rige por un conjunto de reglas o principios, para que sea elegante y correcta, para que pueda deleitar, conmover o persuadir al oyente, para captar la atención del público. Así como no hacemos caso a lo que dice una persona que habla o escribe tonterías, no deberíamos hacer caso a un músico que las toca o las escribe. La primera regla para una buena improvisación es que uno tenga algo que decir. Pensar antes de hablar.

Yo aprendí que cuando un músico de jazz honrado se dispone a improvisar, lo primero que tiene que tener claro es el Standard sobre el que va a tocar. Si no tiene ninguno, ha de tener claro, por lo menos, la idea de una forma musical, una especie de mapa mental con una ruta definida. Igual que un taxista tiene mapas en su imaginación o los improvisa si le toca.

Si el improvisador (de jazz) no cuenta con un standard o una forma, por la razón que sea, debería tener la decencia de crear un motivo musical y desarrollarlo. Por respeto al público, a él mismo y al arte de la improvisación, ha de construir con lógica. Ubicar rítmicamente cada sonido y cada silencio en el lugar que le corresponde a lo largo del tiempo. Trazar líneas melódicas que se enlacen unas con otras. Colorear con armonías. imaginar cada cosa antes de tocar o no tocar (Hal Crook). Igual que cuando nos subimos a un taxi sabemos, por lo menos, a donde vamos ¿Confiarías en un taxista que lo primero que hace cuando te subes a su taxi es acelerar y frenar como loco, sin respetar semáforos, ir en contravía, sin preguntarte para dónde vas?

Las improvisaciones más brillantes son como mapas bien construidos, son una imagen sonora llena de contenido, tienen forma. Esto aplica para las improvisaciones en solitario o en grupo y también para el «free jazz» o la «música contemporánea», templos musicales profanados, a veces sin culpa, por falsos profetas y timadores.

Una improvisación es una obra musical rigurosa, es como un mandala.

En el terreno de la música improvisada es más complicado detectar un timador que en el mundo de los mandalas. Un mandala se diferencia claramente de un mamarracho. Los timadores musicales suelen tener éxito entre quienes desconocen las reglas del arte musical y hacen creer a los incautos (y a ellos mismos) que sus mamarrachos son mandalas. Pero ante los maestros, que sí dominan el Arte Musical, es decir, los elementos constitutivos de la música, quedan en evidencia. Como quedé yo más de una vez en su momento.

El buen improvisador domina los elementos constitutivos de la música, tenga o no formación académica. La historia de la música tiene numerosos ejemplos de improvisadores geniales que nunca fueron a una escuela de música. Todas las culturas tienen su propia música improvisada y sus músicos geniales.
El jazz en sus orígenes estaba lejos de la academia. El guitarrista Django Reindhart (1910-1953); el trompetista Louis Armstrong (1901-1971); el saxofonista Sidney Bechet (1897-1959), entre otros, florecieron lejos de ella.
Creo que podemos estar de acuerdo en que primero existió La Música y siglos después El Arte Musical, yo estoy hablando en el contexto de éste último. Cuanta razón tenía René Descartes (1596-1650) al escribir en la primera parte del El Discurso del Método:

Quienes poseen las invenciones más agradables y saben expresarlas
con mayor ornato y suavidad no dejarían de ser los mejores poetas
aunque desconocieran el arte poético.

Descartes

Pero tampoco hay que rechazar la teoría. Teoría y práctica son dos extremos de una misma línea. Yo estoy de acuerdo con Immanuel Kant (1724-1804) cuando dice:

Nadie puede hacerse pasar por prácticamente versado en una ciencia y a la vez despreciar la teoría, sin reconocerse ignorante en su especialidad.

Kant

Me pongo en el paredón voluntariamente pues la honestidad es la base sobre la que se crea El Arte. Yo era un improvisador que timaba.
Un día fuí llevado a juicio frente al juez más brutal que jamás he conocido, el único juez que ha sido implacable conmigo: YO MISMO.

Ese juez me dijo:

-Haz sido grabado cometiendo el delito de timo musical, aquí está la prueba:

– ¿Cómo te declaras?
– Después de escucharme, respondí avergonzado: culpable 🙁

Acepté mi culpa y acepté pagar la condena: ESTUDIAR Y ESTUDIAR Y ESTUDIAR, hasta el fin de mis días, para no volver a tocar sin pensar. Pasé años en aislamiento aprendiendo a bajar el volumen de mi ignorancia para poder escuchar los susurros de la música.

Hoy en día no puedo asegurar que soy un improvisador en jazz o en el género que sea. Pero sí puedo afirmar que mis improvisaciones son honestas.

Pienso, luego improviso.

Veo el árbol de la música, lo rodeo antes de posarme en cualquiera de sus sagradas ramas (ejecución, interpretación, improvisación o composición), le pido permiso antes de tocarlo y le ofrezco mis frases musicales para mostrarle mis respetos.


Quiero compartir algunas improvisaciones que grabé en mi celda durante la condena. Utilicé pistas, modifiqué mi sonido con algunos efectos, escribí bajos, baterías, etc. Bajé mi volumen para poder escuchar la música y deposité mi ofrenda, como peregrino anónimo, ante el sagrado árbol de la música. Estos son algunos bocetos que dibujé en aislamiento, igual que Papillón en La Isla del Diablo.

Esta publicación la escribo pensando en Mí y en como improvisaba, no estoy haciendo referencias a la forma de improvisar de ningún músico que no haya sido yo. Pero como la naturaleza humana tiene gran imaginación y es propensa a las habladurías, antes de que a alguien se le ocurra afirmar que yo estoy hablando de alguno de mis colegas, conocidos o desconocidos, me escudaré en las palabras que escribió el padre y maestro de Mozart en la introducción de su método de violín:

«No me he referido a nadie más que a los que saben a quienes me refería»
Leopoldo Mozart (1719-17879
)

Gracias por leerme y escuchar mi saxofón. Hasta pronto.

Compártelo...
Tweet about this on Twitter
Twitter
Email this to someone
email
Share on Facebook
Facebook

Te animo a formar parte del Campus Virtual, donde profundizo sobre el contenido del Compendio de Música de René Descartes; el método de Leopoldo Mozart; y otros temas.

Deja un comentario

Por Hans

Saxofonista
Maestro en Música como Arte Interdisciplinario